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Al que te pide prestado, no lo rehuyas..

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(Mt 5, 38-42) Yo os digo que no hagáis frente al que os agravia El Evangelio viene a pedir algo más que amar y servir «mucho». La transformación que impulsa Jesús avanza por una vía diferente de la de lo meramente cuantitativo. Hay que amar y servir de «otra» manera. Ese modo distinto pasa por ir en contra de la mera correspondencta proporcional a lo que nos hacen y dicen, Nuestra respuesta se Sitúa en otro plano: la gratuidad. En la gratuidad nos liberamos de la ley del talión y permitimos que aparezca un mundo insospechado, donde se desinfla la revancha, gobierna la magnanimidad y se practica la solidaridad sin limite. El Evangelio nos vaticina que solo se puede vivir dando; y dando no mucho, sino «todo».

El sembrador duerme. La semilla germina... crece...

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(Mc 4, 26-34) Es la semilla más pequeña, y se hace más alta que las demás hortalizas.  La fe en el Cristo que vivió largamente en Nazaret para luego meterse dentro de las murallas de Jerusalén nos invita a reconciliarnos con lo pequeño. La imagen de un grano de mostaza es demasiado contundente como para interpretarla mal. Jesús no la usa para instalarnos en el conformismo. Las dimensiones de lo que no va bien y de lo que puede ir peor son. descorazonadoras. Es muy fácil comprobarlo en un mundo globalizado que viraliza exponencialmente cuanto puede hacer daño. Pero, a pesar de ello, Jesús mira con especial cariño el potencial de lo «micro»: la más diminutas  de las semillas llega a ser la más alta de las hortilizas. La transformación del Evangelio es de abajo arriba. En el marco estrecho de lo ínfimo hay oportunidad para lo máximo. Así que cada noche deberíamos contar las estrellas hasta que nos llegara el sueño. No sabríamos exactamente las que llevaríamos registradas. Los núm...

«Sígueme».

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(Jn 21, 15-19) Apacienta mis corderos, pastorea mis ovejas. El diálogo de Jesús resucitado con Pedro en el lago explica que seamos hoy Iglesia. El Maestro situó a su Discípulo donde nunca deseamos estar nadie: en la conciencia de cuán débil es nuestro querer. Pedro, tras ser preguntado insistentemente por la fortaleza de su amistad, aceptó que el suelo de su corazón era rompible. Pero Jesús no pretendía recriminar a su amigo. Buscaba asegurarle que podia contar con El. Jesús vino a confesarle que se sentía conmovido por quienes solo son capaces de amores fragilizados e inconstantes y aun así intentan seguir amando. A esos amores Jesús ofrece toda su fidelidad. Y esa fidelidad es justamente el pilar que, en Pedro, sostiene a toda la Iglesia.

Mirar y escuchar.

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(Jn 17, 20-26) Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno.  Cuando los demás nos miran y escuchan, no miran ni escuchan lo que hacemos y decimos. Observan nuestros “desde dónde” no nuestros “qué” : desde dónde hacemos cuanto hacemos y decimos. No se detienen en los detalles, sino en la fuente de la que emanan los detalles. Lo que impacta de nosotros en los demás es cuanto tenemos dentro no fuera. Ese desde dónde hacemos y decimos es nuestro amor primero. Jesús se preocupó mucho de que sus obras y palabras nno se interpretaran como suyas. Su fuente era un Dios mayor, extraordinariamente rico en obras y palabras todas conectadas con su misericordia: una misericordia visible y audible para quien quiere realmente mirar y escuchar.    

Que sean uno, como nosotros.

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(Jn 17, 11b-19) Padre santo, guárdalos en tu nombre, a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros. Cuando estaba con ellos, yo guardaba en tu nombre a los que me diste. El «mundo», en Juan, es cualquier dinámica que confina el corazón y lo hace egoista. Le quita claves de esperanza y le sustrae la creatividad necesaria para contrarrestar el desamor humano. Lo mundano es corrosivo porque provoca la pérdida del sentido de la gratuidad. Obstaculiza encontrar formas para acertar con la paz. Tienta para optar por las mil y una versiones de la muerte. Por tal motivo, la misión que propone el Evangelio es inyectar en el «mundo» imaginación para la vida. No se trata de condenarlo, sino de convencerlo de que el amor es parte, la más importante, de la solución. La Iglesia tiene, en suma, la encomienda de ser latido de fe dentro de un «mundo» desolado por ser descreído de Dios y, sobre todo, de sí mismo.

Que os améis unos a otros como yo os he amado.

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(Jn 15, 9-17) No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido.  En todos los evangelios late la confianza en que nuestra interioridad es lugar de especial revelación de la fraternidad. Se trata entonces de llegar a ella para descubrirlo. Sin embargo, no hay viaje más difícil que el que se emprende hacia el centro de nosotros mismos. Podemos quedarnos entrampados al llegar a ese espejo que tenemos todos y que nos devuelve la imagen de nuestro rostro, para enzarzarnos así en nuestro narcisismo. Los evangelios invitan a derribar ese espejo. Dios espera detrás y nos señala otro camino por hacer aún hacia el mundo y su historia, el espacio en que nuestros hermanos y hermanas se debaten en sus desafíos...  Y está más que comprobado: el amor, y nada más que el amor del que habla Jesús, es capaz de romper ese tipo tan especial de espejos.    

La paz en Jesús.

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(Jn 16, 29-33) En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo. El cristianismo no fantasea con existencias idílicas. Jesús pronostica «luchas». La historia es escenario de esfuerzos, más que de facilidades. Los seres humanos siguen infligiéndose dolor unos a otros. En el mundo residen victimarios que se alían, maniobran con mala fe, manipulan, extorsionan y matan. Afanes desmedidos, egoísmos excluyentes, fuerzas deshumanizadoras: su número continúa siendo incontable. EI Gólgota delatará en su momento que las «luchas» nos sobrevendrán, porque son muchas las víctimas de ayer, hoy y mañana, que están al final de una cadena insufrible de perversidad...  Sin duda, el cristianismo no puede fantasear existencias idílicas, pero tampoco se repliega en el derrotismo. Se agarra a lo que Jesús dice de si: «Yo he vencido al mundo». Resulta que las «luchas» que merece el Evangelio iya tienen desenlace!